Los cuidados como base para transformar la economía y avanzar hacia una transición ecosocial

Teresa Rodríguez Pierrard
Responsable de comunicación de Amigas de la Tierra

La escalada bélica y el creciente militarismo son síntomas de un modelo económico en decadencia y tremendamente enfermo. Mientras EEUU e Israel se sumergen en una economía de guerra y operan al margen del derecho internacional, el mundo contempla atónito la situación sin saber qué hacer ni a dónde vamos, en medio a su vez de un entramado complejo de crisis sociales y ecológicas.

Parece que ante esta situación ya nada es posible y que un cambio hacia una sociedad donde se priorice el bienestar de la población, incluidas las personas más vulnerabilizadas, cada vez es menos viable. Pero nada más lejos de la realidad. Son muchos los pueblos y las personas que viven y trabajan unidas para poner la vida de las personas y los ecosistemas en el centro. Y ahora es más necesario que nunca posicionarlos en el mapa y visibilizarlos, no solo como resistencia, sino como una forma de construir y avanzar en colectivo.

“El paradigma del cuidado es la base para pensar la articulación entre justicia social y ambiental” nos recuerda Maristella Svampa. Una frase que resume en muy pocas palabras qué es el ecofeminismo y por qué es ahora más imprescindible que nunca en un contexto de crisis sociales y ecológicas que vertebran la actualidad en nuestros días. El ecofeminismo es un puente entre el ecologismo y el feminismo.

Reflejo de estas luchas por la justicia social y ambiental son las defensoras ambientales. Cuando hablamos de estas mujeres valientes siempre nos viene a la cabeza Berta Cáceres, todo un ejemplo de lucha y compromiso por el territorio y los derechos de las poblaciones indígenas frente a los intereses de grandes multinacionales. A ella se le suman mujeres diversas y fuertes, que construyen alternativas y alzan la voz ante las agresiones a su pueblo, su territorio y sus cuerpos.

Hace pocos días Esther y Maigra defensoras del medio ambiente y de los derechos de las mujeres visitaron Galicia para sensibilizar sobre los impactos de los proyectos extractivistas en las personas y los ecosistemas en Honduras, y ofrecer alternativas sostenibles para lograr otras vías de producción y consumo.

Esther es una líder comunitaria del municipio de Namasigüe que acompaña a mujeres víctimas de violencia de género y apoya a mujeres emprendedoras. Su trayectoria combina compromiso social y defensa ambiental. Gracias al trabajo colectivo, las comunidades organizadas lograron que su municipio fuera declarado libre de minería y de macro-proyectos de energías renovables. Por su parte, Maigra es defensora de los bienes comunes y del territorio en El Jicarito. Su lucha está ligada a la defensa de las comunidades y las zonas de pesca, el principal medio de subsistencia de la población, ante empresarios que a través de amenazas de muerte querían apoderarse de los canales y lagunas. Dos mujeres, dos luchas y un mismo objetivo: que la tierra siga siendo de quien la cuida y la trabaja. A pesar del peligro, las dos afrontan sus luchas con valentía y determinación construyendo caminos alternativos basados en lo colectivo, los cuidados y el respeto hacia las mujeres.

A un océano de distancia, las historias de Esther y Maigra resuenan con familiaridad en España; minas que envenenan ríos, empresas que deciden sobre los territorios sin contar con las comunidades que los habitan, pueblos que se organizan para defender su entorno. En ambas regiones, las mujeres suelen estar al frente de estas luchas con más frecuencia, y son las que en muchos casos pagan un precio más alto por hacerlo. En Honduras, ese precio puede ser la vida.

Repensar la transformación de la economía es la única forma de garantizar la supervivencia de la humanidad

Apoyar estas luchas, fomentar las alternativas socioeconómicas y fortalecer el trabajo colectivo forma parte del trabajo de Amigas de la Tierra. Por ejemplo en Honduras y Nicaragua, las productoras y emprendedoras a través del cambio a la producción agroecológica aumentan su producción de alimentos y mejoran sus ingresos, y, a su vez, fortalecen su participación política y social, así como su articulación en red.

Los desafíos a los que nos enfrentamos resultan abrumadores si no ponemos el foco en las soluciones y en las diferentes formas de materializarlas. El modelo económico actual basado en la lógica extractivista y productivista opera con total impunidad sin importar las consecuencias sobre el medio ambiente y las personas, si queremos transformarlo es necesario hacerlo desde abajo, desde lo local y con una revisión feminista de nuestras propias dinámicas. Repensar la transformación de la economía y cambiar el sistema a uno que ponga en el centro a los pueblos no solo es un ejercicio de responsabilidad histórica y presente, sino la única forma de garantizar la supervivencia de la humanidad.

Por eso cuando hablamos de ecofeminismo, hablamos de un modelo que promueve vidas dignas, que prioriza las necesidades de las personas y su equidad, bajo el respeto a las dinámicas de la vida comunitaria y a través de un uso responsable de los recursos comunes. Reconocer nuestra interdependencia como sociedad y nuestra ecodependencia, a la vez que involucramos diferentes luchas sociales para conectar territorios nos permite crear e imaginar juntas otros caminos por los que transitar para de una vez por todas poner la vida en el centro.

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