La región más vulnerable al cambio climático, pero también una de las más ricas en biodiversidad y agua, aprueba una hoja de ruta común que aspira a marcar un antes y un después para Iberoamérica.
Impulsada por la SEGIB con el apoyo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la Agenda Medio Ambiental Iberoamericana es la traducción práctica de la Carta Medioambiental aprobada en 2023. La primera plasmaba una visión común. Esta nueva hoja de ruta pretende algo más ambicioso: coordinar políticas, alinear actores y acelerar la implementación. “Este proceso nos ha permitido construir, mediante un trabajo riguroso y consensuado entre los 22 países, un documento para fortalecer las capacidades de la región frente a los riesgos ambientales y avanzar en el cumplimiento de nuestros compromisos en materia de sostenibilidad. Hoy estamos en condiciones de elevar esta propuesta a la próxima Cumbre Iberoamericana de Jefes y Jefas de Estado y de Gobierno, con la expectativa de que se convierta en un marco programático de la cooperación ambiental en Iberoamérica”, afirmaba el Secretario General Iberoamericano, Andrés Allamand, durante la apertura de la Ministerial de Medio Ambiente el pasado 25 de marzo, en Málaga.
De declaración a acción en cuatro ejes
La Agenda se articula en torno a cuatro grandes ejes, que reflejan la naturaleza interconectada de los problemas ambientales.
El 1o es el cambio climático, con acciones centradas en la mitigación y, sobre todo, en la adaptación. Aquí aparece uno de los elementos más estratégicos del documento: el refuerzo de los sistemas de alerta emprana frente a desastres. En una región donde huracanes, sequías o inundaciones son cada vez más frecuentes, anticiparse puede salvar vidas.
El 2º eje aborda la biodiversidad y la restauración de ecosistemas. Iberoamérica alberga una parte sustancial de la biodiversidad mundial —incluidos seis países megadiversos—, pero enfrenta problemas persistentes de deforestación, degradación, conectividad y recuperación de entornos degradados.
El 3º se centra en losrecursos hídricos y los océanos. Pese a disponer de cerca del 30% del agua dulce del planeta, la región sufre problemas de acceso, calidad y sobreexplotación, mientras que los ecosistemas marinos están sometidos a una presión creciente.
El 4º eje responde a los problemas de contaminación y residuos, incluidos plásticos y microplásticos, un problema creciente tanto en las ciudades como en los entornos rurales.
A estos bloques se suma una acción horizontal: la cooperación entre redes técnicas y políticas, llamadas a ser el motor tractor de la Agenda.
La urgencia de esta hoja de ruta es evidente. Iberoamérica genera menos del 10% de las emisiones globales, pero es una de las regiones más vulnerables al cambio climático. Es, además, la segunda más propensa a desastres naturales. En los últimos años, huracanes más intensos, incendios forestales, sequías prolongadas e inundaciones han golpeado con especial dureza a las poblaciones más vulnerables. La tendencia, lejos de revertirse, se acelera.
En un contexto marcado por la polarización, la Agenda apuesta por más coordinación, más diálogo, más trabajo conjunto
A ello se suman vulnerabilidades estructurales: urbanización desordenada, dependencia de combustibles fósiles, desigualdad social y debilidad institucional. Todo ello dibuja un escenario en el que la crisis ambiental se convierte también en una crisis de desarrollo.
Pero la otra cara de la moneda cuenta otra cosa. Iberoamérica no es solo vulnerable: también es estratégica. Su riqueza natural —agua, biodiversidad, bosques— la sitúa en una posición clave en el contexto global. La Agenda parte de esa premisa: proteger ese capital natural no es solo una cuestión ambiental, sino también económica y geopolítica.
El valor diferencial de la Agenda está en su vocación operativa. No se limita a identificar problemas, sino que propone 16 acciones estratégicas, definidas a partir del trabajo conjunto con países y actores clave. Entre ellas destacan el fortalecimiento de los sistemas de información climática, la mejora de la gestión de recursos naturales, el impulso a la innovación tecnológica o el desarrollo de políticas públicas más eficaces.
Pero hay un elemento que atraviesa todo el documento: la cooperación. En un contexto internacional marcado por la polarización y el cuestionamiento del multilateralismo, la Agenda apuesta por lo contrario: más coordinación, más diálogo, más trabajo conjunto.
El papel clave de las redes
Si hay un factor que puede marcar la diferencia, son las redes iberoamericanas. Lejos de ser estructuras burocráticas, se han consolidado como plataformas técnicas y políticas con capacidad real de impacto. Redes técnicas como CIMHET (alertas tempranas), RIOCC (cambio climático), CODIA (gestión hídrica), IberoMaB e IberBio (biodiversidad) serán fundamentales para articular el conocimiento técnico y convertirlo en acciones coordinadas.
Estas plataformas han demostrado su capacidad para fortalecer instituciones, armonizar normativas y generar conocimiento. La Agenda busca ahora dar un paso más: articular su trabajo, generar sinergias y convertir ese capital técnico en resultados tangibles.
Alertas tempranas: la línea que separa el riesgo del desastre
Entre todas las acciones, una destaca por su urgencia: el fortalecimiento de los sistemas nacionales de alerta temprana frente a desastres. En una región expuesta a fenómenos extremos, la capacidad de anticipación puede marcar la diferencia entre un evento natural y una catástrofe.
Como paso previo a la Agenda, el pasado 5 de marzo, autoridades y representantes de 21 países iberoamericanos se reunieron en Guatemala para sentar las bases de la futura Red Iberoamericana de Protección Civil y Reducción del Riesgo de Desastres.
La iniciativa busca mejorar la capacidad de prevención y respuesta, reduciendo la vulnerabilidad de las comunidades mediante herramientas coordinadas de monitoreo, predicción y comunicación. Entre otras propuestas, destacan la creación de centros regionales virtuales de predicción y avisos meteorológicos y la capacitación de equipos técnicos en el uso de tecnologías de observación remota, como las que ofrece el programa Copérnico. Pero no es solo una cuestión tecnológica. Implica coordinación institucional, educación ciudadana y acceso a la información.
Un punto de inflexión
La pregunta es inevitable: ¿puede esta Agenda marcar un antes y un después? Hay razones para el optimismo. Por primera vez, la región cuenta con un marco político —la Carta— y un instrumento operativo —la Agenda— alineados. Existe, además, una red de actores técnicos y políticos con experiencia, capacidad y ganas. Pero el desafío es grande. La implementación requerirá financiación, coordinación y voluntad política sostenida. Y, sobre todo, mantener el espíritu de cooperación que ha guiado su elaboración.