Hace diez años asesinaron en Honduras a Berta Cáceres. En realidad, como diría su pueblo Lenca, sembraron semillas de quien fue guardiana del agua y del territorio. Berta sabía bien que defender la vida implica cuidarla, por eso su legado es más importante que nunca.
Ya han pasado seis años desde que la pandemia global paralizó al mundo y casi tres de los ataques sin tregua contra el pueblo palestino por parte del gobierno de Israel. El tiempo vuela, se nos escapa y, sin embargo, la gravedad de las crisis se mantiene. La defensa de la vida es cada vez más urgente.
Vivimos el mayor número de conflictos armados desde la Segunda Guerra Mundial. El militarismo, los discursos de odio y el cuestionamiento de derechos fundamentales marcan las agendas políticas y ocupan titulares. Pero frente a esa deriva existe otra realidad, menos visible pero muy poderosa: la de quienes resisten con apoyo mutuo y solidaridad. La de quienes sostienen la vida cotidiana. Cuidar y cuidarnos. Así de simple. Así de transformador.
Nadando contracorriente
Y así, en medio de un contexto adverso, hace tres años comenzó a tomar forma una propuesta que sitúa la vida en el centro de las prioridades políticas. Parece sencillo, obvio, aunque fue complejo en su articulación. Se celebraron encuentros en torno a la III Cumbre entre la Unión Europea y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), entre los que destacó el centrado en la igualdad de género. La experiencia demostró que la intención colectiva vence a las dificultades. Entonces se llegó a una conclusión clara y colectiva: la necesidad de contar con un Pacto Birregional por los Cuidados.
Hay que entender los cuidados como un derecho humano universal y un bien público indispensable para las democracias
La propuesta buscaba abrir un espacio de diálogo y cooperación para fortalecer los sistemas integrales de cuidados y abordar sus dimensiones económicas, sociales y jurídicas. Pero, sobre todo, suponía reconocer algo esencial: que los cuidados son una cuestión de bienestar social colectivo.
No es ninguna novedad afirmar que vivimos una crisis sistémica, de sostenibilidad de la vida; una crisis presente, pero también futura. Una situación que pone en evidencia los límites de un modelo incapaz de garantizar el bienestar de las personas y la protección del planeta.
Responder a este contexto exige repensar profundamente cómo organizamos nuestras sociedades. Significa reconocer que los cuidados no pueden seguir descansando sobre los hombros de las mujeres ni permanecer invisibilizados porque son los pilares esenciales de la vida. Es necesario avanzar hacia una redistribución justa de los cuidados entre mujeres y hombres, entre familias, comunidades, empresas y Estados. Hay que entenderlos como un derecho humano universal y un bien público indispensable para las democracias.
Supone también identificar las desigualdades estructurales que atraviesan los actuales sistemas de cuidados: la precariedad laboral, las cadenas globales de cuidados marcadas por grandes desigualdades y sostenidas por mujeres migrantes. Porque sostener la vida no puede seguir siendo una tarea privada ni una responsabilidad individual.
Hablar de cuidados es hablar también de derechos laborales, sociales y sindicales para quienes realizan estos trabajos esenciales. Y es hacerlo desde una perspectiva amplia, que conecte la justicia social con la igualdad de género y la sostenibilidad ambiental. Todo ello requiere políticas públicas coherentes y compromisos políticos concretos. Porque las transformaciones profundas no ocurren por sí solas. Son semillas que necesitan un terreno social fértil y un compromiso político y económico capaz de hacerlas crecer.
Frutos de un camino colectivo
Lo que en 2023 parecía una aspiración lejana se convirtió finalmente en un compromiso político durante la IV Cumbre CELAC-UE celebrada en Santa Marta, Colombia, a finales de 2025. Un año antes, en La Coordinadora de Organizaciones para el Desarrollo impulsamos un estudio comparado sobre sistemas de cuidados en América Latina y la Unión Europea. Las conclusiones eran claras: más allá de las diferencias entre países y regiones, existían desafíos compartidos que exigían avanzar hacia un nuevo paradigma basado en los cuidados y entendido en toda su dimensión política, social y ambiental.
Es necesario reivindicar la responsabilidad adquirida por los Estados para llegar a sociedades de cuidados
Hoy, ante la amenaza global del espacio cívico y el ataque a la solidaridad internacional, es más necesario que nunca reivindicar la responsabilidad adquirida por los Estados para hacer real la transición hacia sociedades de cuidados. Quienes formamos parte de la sociedad civil organizada seguimos impulsando esta agenda en espacios como el Grupo Birregional de Sociedad Civil CELAC-UE. Ahora corresponde a los Estados hacer de esa voluntad política una realidad tangible.
Frente a la lógica de la guerra, la militarización y el extractivismo, los cuidados representan una apuesta por la paz, la justicia social y la defensa de la vida. Una respuesta capaz de combatir el derrotismo y la desafección desde la convicción de que la vulnerabilidad forma parte de nuestra condición humana, pero también la solidaridad.
Diez años después, la siembra de Berta Cáceres sigue dando frutos. Su legado nos recuerda que cuidar es una forma de resistir y también de construir futuro. Porque las semillas tardan, pero acaban germinando. Y porque, frente a la guerra, la codicia y la impunidad, los cuidados siguen siendo la mejor manera de asegurar el futuro. Ahora, como siempre, la respuesta está clara: la cooperación #EsLoNormal.