Los sistemas de inteligencia artificial aprenden del mundo tal como está escrito. No lo observan, lo leen. Esa idea, aparentemente sencilla, tiene consecuencias profundas. Los modelos no conocen directamente nuestras sociedades, sino que las reconstruyen a partir de los datos con los que han sido entrenados. De ellos depende qué lenguas comprenden mejor, qué instituciones reconocen, qué conceptos jurídicos distinguen, qué referencias culturales incorporan y qué realidades pueden interpretar correctamente.
Una inteligencia artificial se parece, en ese sentido, a quien intenta comprender una película viendo solo una selección de fotogramas. Puede reconstruir parte de la historia si esas imágenes son suficientes y representativas, pero inevitablemente entenderá peor aquello que apenas aparece o que directamente quedó fuera de la selección. Con los datos ocurre algo parecido: lo que no está suficientemente representado limita la realidad que el sistema es capaz de reconstruir. Y existe un riesgo aún mayor, que esa selección dependa de unos pocos actores y termine proyectando sobre sociedades enteras una versión parcial de quiénes son, condicionada por prioridades, sesgos o intereses ajenos.
Los datos ofrecen a Iberoamérica un espacio de actuación propio
El problema adquiere una dimensión estratégica cuando observamos quién está construyendo hoy esos sistemas. La capacidad de desarrollar inteligencia artificial se encuentra extraordinariamente concentrada y, con ella, también la posibilidad de determinar qué información se incorpora, qué lenguas reciben mayor atención y qué contextos sirven de referencia.
Según el informe preliminar del Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial de Naciones Unidas, en 2025 las instituciones de Estados Unidos produjeron 59 de los modelos de IA más destacados; China, 35; y todo el resto del mundo, apenas 13. La concentración es todavía mayor en capacidad de cómputo: alrededor del 75 % de la potencia de los 500 mayores clústeres conocidos se encontraba en Estados Unidos y otro 15 % en China.
La desventaja de Iberoamérica, por tanto, no consiste solamente en que hemos desarrollado menos modelos de forma aislada o que disponemos de menos infraestructura. El riesgo es también que las tecnologías que utilizaremos para administrar, educar, investigar, impartir justicia o prestar servicios públicos hayan aprendido a interpretar el mundo con mucha más información sobre otras sociedades que sobre las nuestras.
Precisamente por eso los datos ofrecen a la región un espacio de actuación propio.
Iberoamérica difícilmente puede modificar en el corto plazo la distribución mundial de semiconductores, grandes infraestructuras de cómputo o capital de inversión. Pero conserva una capacidad mucho mayor sobre otra clase de recurso: la información que generan diariamente sus sociedades e instituciones.
Nadie puede producir desde fuera, con la misma profundidad, el conocimiento que deja el funcionamiento cotidiano de una administración brasileña, un procedimiento judicial español, un servicio público uruguayo o una institución educativa hondureña. Tampoco puede reproducir plenamente nuestras variantes lingüísticas, nuestros marcos jurídicos o la diversidad cultural que atraviesa a los veintidós países iberoamericanos.
Buena parte de los grandes corpus utilizados para entrenar los modelos actuales ya fue recopilada durante años desde la web abierta. Sobre ese punto de partida tenemos un margen reducido. Pero la siguiente fase abre una oportunidad distinta que pasa por adaptar los modelos a contextos concretos, especializarlos y utilizarlos sobre información producida por las propias organizaciones mientras desarrollan sus funciones.
Ahí los Estados recuperan capacidad de decisión y posición soberana.
Posición soberana no significa replegarse sobre las fronteras, ni producir dentro de casa cada eslabón de la cadena, ni disponer desde el inicio de toda la infraestructura necesaria. Significa que un Estado conozca cómo, por qué y por quién se procesan los datos que su población genera; que pueda apoyarse en capacidades propias o compartidas para intervenir cada vez con mayor autonomía en ese proceso; y que conserve la capacidad de establecer reglas, exigir garantías y ejercer una supervisión efectiva.
La cooperación iberoamericana puede hacer posible esa posición sin exigir que todos los países hagan lo mismo ni dispongan de las mismas capacidades. Compartimos dos grandes lenguas internacionales, vínculos jurídicos e institucionales, décadas de cooperación y un acervo social y cultural extraordinariamente amplio. A ello se suma una enorme diversidad que, lejos de ser una dificultad, constituye una fuente de conocimiento que debería formar parte de los sistemas del futuro.
Se trata de crear una arquitectura común que permita poner en relación datos, modelos, conocimiento e infraestructura, preservando la soberanía de cada país
Los datos ofrecen, además, una ventaja particular para ese esfuerzo común: pueden generar nuevo valor sin agotarse. Bajo condiciones jurídicas y técnicas adecuadas, la información producida en un país puede contribuir al desarrollo de soluciones útiles en otros sin que quien la generó deje de disponer de ella. La cooperación permite, además, establecer de forma clara las condiciones de acceso y uso de esos datos: para qué finalidades pueden utilizarse, por quién, bajo qué garantías y con qué límites. Cooperar no significa repartir un recurso escaso, sino ampliar lo que cada país puede hacer con aquello que ya posee, preservando al mismo tiempo su capacidad de decisión sobre cómo se utiliza.
Una Alianza Iberoamericana que funcione como un convoy
Iberoamérica parte de una posición de desventaja que no se explica únicamente por haber llegado más tarde. La concentración de inversión, cómputo, infraestructura y capacidades tecnológicas en unos pocos actores ha ensanchado una brecha que ningún país de la región puede cerrar por sí solo. Al mismo tiempo, muchas de las capacidades que ya tenemos permanecen dispersas. De ahí la necesidad de avanzar como un convoy: con distintas fortalezas y velocidades, pero conectando conocimiento y recursos para ganar juntos una escala que difícilmente alcanzaríamos por separado.
Ese es, precisamente, el sentido de la propuesta de una Alianza Iberoamericana de Inteligencia Artificial que se pretende llevar a la próxima Cumbre Iberoamericana de Madrid. No para sustituir lo que cada país ya ha construido ni pretender que la región produzca por sí sola todos los componentes de esta tecnología, sino para conectar capacidades que hoy funcionan de manera dispersa. Crear una arquitectura común que permita poner en relación datos, modelos, conocimiento e infraestructura, preservando la soberanía de cada país.
Porque en esta carrera no basta con llegar. También importa llegar con voz propia. Si la inteligencia artificial está aprendiendo a contar el mundo, Iberoamérica no puede limitarse a aparecer como personaje secundario en una historia escrita por otros. Esta vez, tendremos que llegar juntos para contar lo que realmente somos.