El valor del multilateralismo iberoamericano
Vivimos un momento de profundas tensiones geopolíticas en el que el sistema internacional parece atravesar una crisis de multilateralismo. Con demasiada frecuencia vemos cómo se intenta avanzar por vías que ponen en cuestión las normas que sostienen la convivencia internacional. Frente a esa tendencia, los espacios de cooperación basados en reglas, diálogo y confianza se vuelven más necesarios que nunca.
La comunidad iberoamericana representa precisamente uno de esos espacios. La alianza entre España, Portugal y Andorra con los países de América Latina constituye un vínculo político, cultural y social singular en el mundo. Se trata de una comunidad unida por una historia compartida, por lenguas comunes y por una vocación de cooperación que ha demostrado su valor a lo largo de décadas.
En este contexto, la próxima Cumbre Iberoamericana de 2026 no es una cita diplomática más. Es, ante todo, una herramienta para reforzar el compromiso democrático de nuestros países y para articular una respuesta conjunta frente al mayor desafío de nuestro tiempo: la emergencia climática.
El calendario de 2026 nos invita a aumentar la unidad y la ambición climática
La Reunión Ministerial Iberoamericana de Medio Ambiente de Málaga marca el camino hacia la Cumbre Iberoamericana de presidentes y presidentas. Este encuentro es un punto clave del proceso: el espacio donde se construyen los consensos técnicos y políticos que posteriormente serán ratificados al máximo nivel.
Entre los principales resultados que aspiramos a consolidar en 2026 destaca la Agenda Medioambiental Iberoamericana, una hoja de ruta compartida para afrontar los grandes retos ecológicos del siglo XXI. Esta agenda aspira a ir más allá de una mera declaración de intenciones. Aspira a convertirse en un compromiso concreto para impulsar políticas públicas coordinadas en ámbitos como la transición energética, la adaptación al cambio climático o la protección de la biodiversidad.
Y es que Iberoamérica llega a este proceso con una credibilidad reforzada tras el papel desempeñado en la COP30, donde varios países de la región impulsaron un bloque de ambición climática decidido a elevar el nivel de compromiso global.
En el contexto actual, la comunidad iberoamericana tiene una oportunidad para reforzar su papel en las negociaciones climáticas con propuestas que sitúen a la región como actor estratégico consciente, no solo de su especial vulnerabilidad, sino del potencial que la acción climática aporta a sus países. Ese posicionamiento —comprometido y propositivo— será también fundamental de cara a la próxima Cumbre del clima, donde el mundo deberá seguir avanzando hacia compromisos más sólidos y efectivos.
Una alianza operativa
La cooperación climática iberoamericana no se limita a las declaraciones políticas. Se construye también a través del intercambio de conocimiento, de capacidades técnicas y de experiencias compartidas.
Un ejemplo claro es la colaboración en materia de incendios forestales. Tanto el Cono Sur americano como la Península Ibérica enfrentan episodios cada vez más intensos y devastadores. Los incendios que han afectado recientemente a Chile y Argentina, así como los que periódicamente golpean a España y Portugal, muestran hasta qué punto compartimos riesgos y desafíos. La cooperación en conocimientos, formación, y en equipos técnicos y humanos ha sido ejemplar en su eficacia y su humanidad.
Limitar y gestionar los riesgos constituye, precisamente, el núcleo de las políticas públicas de adaptación al cambio climático. En este sentido, las evaluaciones de riesgos son un elemento imprescindible, ya que permiten identificar los riesgos más relevantes, analizar sus componentes esenciales y caracterizarlos en términos de severidad o urgencia. En el ámbito iberoamericano, avanzar en metodologías comunes y en el intercambio de datos y capacidades técnicas resulta esencial para enfrentar riesgos que, por su naturaleza transfronteriza, requieren respuestas coordinadas y coherentes.
Otro ámbito prioritario será el desarrollo de sistemas de alerta temprana. Anticiparse a fenómenos extremos —desde inundaciones hasta olas de calor— permite salvar vidas, reducir daños económicos y mejorar la resiliencia de nuestras sociedades. Este ha sido uno de los temas centrales de la reunión ministerial de Málaga.
Las lluvias torrenciales y olas de calor en el área mediterránea; las tormentas tropicales y la erosión costera en la región caribeña, parecen realidades alejadas y diversas, pero sin embargo tienen un vínculo inequívoco: se trata de fenómenos que se están agravando como resultado del cambio climático. Estas realidades, lejos de separarnos, refuerzan la necesidad de trabajar juntos.
Una visión compartida hacia la cumbre de líderes
En un mundo marcado por la fragmentación, la comunidad iberoamericana demuestra que la cooperación sigue siendo la respuesta más sólida y necesaria. Los avances logrados en Málaga deben servirnos de acicate para llegar a la cumbre de jefes de Estado de Madrid con propuestas maduras y una determinación renovada que ponga a la región al frente de la acción climática y ambiental. Es el momento de demostrar que la cooperación iberoamericana es, más que nunca, una herramienta de liderazgo real frente a la crisis climática.