De la selva amazónica a las zonas rurales de Colombia, las comunidades demuestran que otra forma de producir es posible cuando se prioriza la vida sobre el capital. Yulieth Guzmán fundó la Red de Mujeres por la Paz de Córdoba en 2016 tras verse completamente desamparada. Como víctima del conflicto armado colombiano, del desplazamiento forzado y de la violencia de género, tocó todas las puertas institucionales posibles sin éxito. “Yo buscaba apoyo en la comisaría de familia, en la fiscalía, en la personería…Iba a todas las entidades y me daba cuenta de que nadie me defendía, nadie me prestaba atención”, recuerda.
Ante la indiferencia, transformó la frustración en energía jurídica y comunitaria. Guzmán creó una red que hoy articula a veintitrés organizaciones de distintos municipios colombianos. “Me dije: `tengo que crear una organización que defienda los derechos de las mujeres, que prevenga todo tipo de violencia y que esté constituida jurídicamente’”. Al crear la Red de Mujeres, el cambio fue inmediato: “Surgió un vuelco del 200%; empecé a ser escuchada y hoy puedo trabajar para que otras mujeres lo sean también”, comenta la ahora empresaria.
Según la Alianza Cooperativa Internacional, los ingresos de alrededor del 10% de la población activa mundial, dependen de la economía social
Lo que esta emprendedora describe tiene un nombre: economía social y solidaria. Ana Meury, tesorera de la Cooperativa Multiactiva de Organizaciones Solidarias del Amazonas, lo define claramente: «La economía solidaria es la que educa, la que enseña, es aquella que te muestra las realidades de lo que compras, pero también de dónde vienes y tus raíces».
Su cooperativa, fundada el año pasado, nació para agrupar a mujeres apicultoras, artesanas, tejedoras, incluir a mujeres de cocina, a organizaciones que pescan y hasta personas que todavía no se habían organizado. Hoy, veintidós organizaciones locales demuestran que el empoderamiento económico es el único camino para cohesionar comunidades enteras.
Aunque suele asociarse a pequeñas iniciativas comunitarias, la economía social y solidaria tiene un peso global considerable. Según la Alianza Cooperativa Internacional respaldada por la Organización Internacional del Trabajo, el empleo o los ingresos de unos 280 millones de personas en todo el mundo, alrededor del 10% de la población activa mundial, dependen de la economía social. En Europa, la Comisión Europea estima que este modelo reúne a 2,8 millones de entidades y genera cerca del 6,3% del empleo total.
Poner la vida en el centro: la economía social y solidaria
El concepto de economía social no es nuevo. Según Elena Novillo Martín, de Economistas Sin Fronteras, surge a mediados del siglo pasado como una solución contra la desigualdad que el sistema genera y propone unas prácticas alternativas al sistema económico. En el día a día de estos colectivos, la teoría se vuelve puramente práctica.
Para la Red de Mujeres, esta economía se traduce en una cadena de comercio justo. «La economía solidaria genera una economía circular en la que no se derrochan bienes, no se buscan materias primas más de lo necesario porque se puede reutilizar lo que ya se tiene”. Yulieth Guzmán lo explica claramente: «Si una mujer tiene cerdo y la otra lo necesita, entre nosotras vamos y se lo compramos; o sea, nos aseguramos de que lo que produce cada una se venda y no se pierda nada».
La economía social surge como una solución contra la desigualdad que el sistema genera y propone prácticas alternativas al sistema económico
Al sur de la región, en el Amazonas, esta lógica se conecta directamente con el legado ancestral indígena a través de la minga, la tradición quechua del trabajo comunitario. “Si en mi comunidad queremos construir algo, unos cargarán los palos, otros los adaptarán, otros harán la masilla… todos participamos de la minga comunitaria”, describe Ana Meury.
Ambas hablan de los principios reconocidos por la Organización Internacional del Trabajo como pilares de la economía social y solidaria: cooperación voluntaria, gobernanza democrática y la primacía de las personas sobre el capital. Es a través del trabajo colectivo de la Cooperativa Multiactiva de Organizaciones Solidarias del Amazonas que vuelven tangibles estos conceptos teóricos: “Es en esa participación, en esa minga, donde vemos la solidaridad que mueve nuestra economía y fortalece nuestra integración y unidad de pensamiento”, añade Meury.
De la resistencia local a la estrategia regional: el valor de la RIFESS
La Red de Mujeres y la Cooperativa del Amazonas no son casos aislados. Para conectar estas realidades nació la Red Iberoamericana de Fomento a la Economía Social y Solidaria (RIFESS), una plataforma de cooperación interinstitucional impulsada por la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) con el objetivo de compartir el desarrollo de políticas públicas. Es decir, a través de la cooperación, conseguir que la economía social se convierta en una herramienta central para crear empleo, reducir desigualdades y fortalecer territorios.
El modelo de cooperación de la RIFESS plantea una estructura de desarrollo que arranca en las comunidades locales para luego integrarse en las agendas estatales. Como explica Marco Llinás, Director de la División de Desarrollo Productivo y Empresarial de la CEPAL, la clave radica en la sinergia entre los gobiernos y los actores locales. Ese salto de escala es el que hoy permite a lideresas como Yulieth Guzmán ser escuchadas a nivel internacional, o a comunidades como la de Ana Meury entender que, al estar organizadas en red, su impacto social es mayor.
El pacto para proteger los cuidados
La consolidación institucional de este modelo ha dado un paso crucial con la adopción del Compromiso Iberoamericano por la Economía Social y Solidaria (2026-2030). Este acuerdo reconoce explícitamente el papel histórico que las cooperativas y redes comunitarias desempeñan en el sector de los cuidados.
Al asumir las tareas de apoyo a personas dependientes, infancias y gestión del hogar, las entidades de la economía solidaria no solo cubren los vacíos del Estado, sino que transforman el sector. El Compromiso busca profesionalizar estas labores, reducir la informalidad laboral que afecta principalmente a las mujeres y garantizar coberturas sociales dignas para quienes sostienen la vida. Porque regular la economía popular no es solo medir el PIB, sino asegurar los derechos de quienes cuidan de la comunidad.